San Juan Evangelista – José Capuz Mamano (1943)

San Juan Evangelista. Foto: Moisés Ruiz

El vandalismo iconoclasta desarrollado durante la guerra civil resultó nefasto para las cofradías de Semana Santa, que vieron perdido, en muchos casos, un rico patrimonio artístico, heredado de siglos de arte y tradición. Tras la contienda, se imponía la necesidad perentoria de recuperar lo perdido, según uno de estos dos criterios: la realización de una copia mimética del icono desaparecido, o bien el encargo de una obra original a un artista de reconocido prestigio, en la esperanza de que el valor artístico de su nueva creación pudiera estar a la altura del referente desaparecido.

En el caso de la Cofradía Marraja, la circunstancia de que quince años antes se hubiera emprendido la renovación e incremento de su patrimonio imaginero mediante el encargo de diferentes obras al escultor José Capuz facilitaba la elección del criterio a adoptar, puesto que las obras desaparecidas o bien eran obra del propio Capuz – que se encontraba disponible y en plenitud de facultades creadoras – o bien carecían de un destacado valor artístico. Esto era así en la mayoría de los casos, salvo en el caso de la antigua imagen de San Juan, destacada obra de Francisco Salzillo, alabada por intelectuales y poetas, y de indudable éxito popular. Se podía justificar, por tanto, la tentación de encargar una copia fiel del icono salzillesco que, a buen seguro, hubiera contado con el inmediato beneplácito de los cofrades y cartageneros en general. No obstante, con buen criterio, el Hermano Mayor, Juan Muñoz Delgado, decidió apostar por la oportunidad que ofrecía el desgraciado suceso de la desaparición de la imagen del siglo XVIII para profundizar en la unidad de lenguaje estético que ofrecería poder contar también con un San Juan de Capuz.

Busto s. II Museo de El Prado.

En carta remitida por el Hermano Mayor a Capuz con fecha 6 de abril de 1942, aquél le comunica al escultor: «Deseamos además un San Juan Evangelista; teníamos un Salzillo que nos quemaron, y soñamos con un reemplazo digno. Este San Juan sólo consta de busto (hombros y cabeza) y mandaré a Vd. una foto del viejo para que vea la postura de la mano izquierda, con la que debe llevar una palma, y los detalles del pelo y vestimenta». Una vez aceptado por el escultor el encargo, el Hermano Mayor le insiste, en una nueva carta de 22 de abril, en que le envía «un retrato del antiguo San Juan obra de Salzillo, para que vea cómo deben de ir las manos: la izquierda va en actitud de coger una palma y la derecha dice la tradición que va señalando con los dedos a la Virgen el camino que sigue Jesús».

Teniendo en cuenta las indicaciones del Hermano Mayor, Capuz realizó una imagen de San Juan que, según la correspondencia de Juan Muñoz Delgado, contó con la inmediata aceptación por parte de los hermanos sanjuanistas, si bien tenía poco en común, más allá de la composición general, con la antigua imagen de Salzillo, puesto que Capuz entrega una obra absolutamente personal y original… hasta cierto punto.

Busto “Joven Bárbaro”. Taller de vaciado.
Academia de BBAA San Fernando. Madrid.

Según refieren algunos testimonios de la época, cuando los cofrades marrajos contactaron con Capuz para la reconstrucción del patrimonio perdido en la guerra civil, éste contaba en su estudio con un busto clásico que bien pudiera representar al dios Apolo. En concreto, el que fuera capellán de la Cofradía Marraja, y rector de la Caridad, Antonio Pérez Madrid, refiere que «cuando fueron los marrajos a encargarle esta imagen, el escultor tenía un busto de acentuado gusto helénico y que pensaba destinar al dios Apolo, el dios del sol y de la luz. Y da gusto pensar que en esta imagen han coincidido el dios solar y el Apóstol de la luz».

Sea como fuere, la indudable filiación clásica de la imagen de San Juan ha sido señalada en varias ocasiones, fundamentada en la axialidad y frontalidad de la composición, en la que se destaca un rostro de contenido dramatismo, cercano a la terribilitá miguelangelesca, en un característico óvalo facial clásico, enmarcado simétricamente por los bucles de la cabellera.

Pero estas filiaciones de la imagen de San Juan de los marrajos con la escultura clásica grecorromana se derivaban de comparaciones con arquetipos de la escultura antigua, sin que existiera constancia de un referente concreto que hubiera sido utilizado por Capuz.

Pasar del terreno de la evocación al de la constatación ha sido posible mediante la investigación de los modelos escultóricos de la Antigüedad a los que habitualmente tenía acceso José Capuz, como profesor de Modelado y Vaciado, y como académico de Bellas Artes.

Y es que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando tuvo, desde sus orígenes, un interés especial en contar con una colección de vaciados en yeso de esculturas clásicas, que pudieran servir a los fines didácticos que tenía encomendados la institución. Buscando en el catálogo del Taller de Vaciados de la Real Academia de Bellas Artes encontramos, marcado con el nº 70, el denominado busto de joven bárbaro, vaciado en yeso de un mármol romano del s. II d.C. conservado en El Prado.

Busto s. II. Museo de El Prado.

Según refiere la ficha de catálogo E00034 del Museo de El Prado, el busto es «copia romana de un original helenístico. El retratado es un muchacho con un peinado ondulado que llega casi hasta los hombros. La cabellera tiene una raya y, con guedejas de curvatura casi simétrica, encuadra el rostro delgado e inexpresivo, cuya superficie contrasta con la cabellera sin pulir. En la parte frontal y en los lados, los mechones están separados unos de otros a través de estrías profundas, por lo cual la cabeza ha sido datada hacia la época tardoantonina. Por otra parte, no existe una incisión que defina el iris y las pupilas, tal como se esperaría de un retrato de dicha época. Por este motivo se han propuesto identificaciones de la cabeza con Narciso, con Eros (Hübner) y también con Eubuleo (Tormo); también (Blanco) ha sido interpretada como el retrato de un bárbaro. No obstante, sólo una comparación superficial haría creer que éstos y otros muchachos de la mitología antigua aparecen retratados de igual forma. La cabeza se trata muy probablemente del retrato de un joven; la obra, que no es de gran calidad y que se parece más que otras al retrato de Alejandro, fue hecha entre 170 y 180. Sin embargo, dado que la escultura no presenta ninguna de las características típicas de los retratos de Alejandro Magno, como por ejemplo la contracción de la frente, se puede descartar la hipótesis de que el retrato represente al mítico conquistador. (Schröder, 1993, págs. 242-244).»

La ficha anterior hace referencia al original clásico en mármol, conservado en el Museo de El Prado. Pero el modelo directamente utilizado por Capuz para elaborar su imagen de San Juan habría sido el vaciado de esa pieza antigua, disponible en el Taller de Vaciados de la Academia de Bellas Artes. Aunque se trata de un vaciado fiel del original, es posible constatar algunas diferencias, derivadas, por un lado, de la distinta naturaleza del material, mármol y yeso, estando ausente, lógicamente, en el yeso el trabajo de trépano sobre el mármol para esculpir el cabello. Por otro lado, el mármol original ha sufrido una restauración, claramente apreciable, que afecta a la nariz y zona de la boca del personaje, y que, lógicamente, no es apreciable en el vaciado en yeso.

En cualquier caso, la superposición de la imagen en madera policromada de San Juan a la del vaciado en yeso ofrece una total coincidencia de volúmenes que sólo puede responder a un trabajo de sacado de puntos del modelo en yeso al busto en madera. Tan absoluta es la coincidencia que, en un primer momento, llevó a descartar la posibilidad de un error de catalogación entre los vaciados clásicos de la Academia de un modelo que hubiera podido ser original de Capuz; posibilidad descartada por la existencia del original en mármol, del s. II, en el Museo de El Prado.

Era éste uno de los vaciados frecuentemente utilizados por los profesores de Bellas Artes, circunstancia que explicaría la referencia de esos testimonios que hablan de un busto clásico en el estudio de Capuz, utilizado por el escultor para crear su San Juan Evangelista.

La comparación formal entre ambas piezas, el vaciado clásico de la Academia de Bellas Artes y la cabeza del Evangelista en madera policromada, no deja lugar a dudas de la utilización por parte de Capuz del modelo clásico para transformarlo, a divinis, en una imagen religiosa procesional del Apóstol San Juan.

Al modo de las Metamorfosis de Ovidio y el relato de Pygmalión, Capuz confiere morbidez y vida al vaciado en escayola, dotándolo de trágica expresión contenida, a la manera clásica, mediante la talla y la aplicación de la policromía.

Fotografia de San Juan dedicada por Capuz a Julio Mas (Foto Abellán).

Más allá de la clara utilización del modelo, subyace el interés de Capuz por el mundo clásico y los valores simbólicos que la transposición del panteón grecorromano a la iconografía cristiana ha aportado desde el origen del arte sacro. Y, en efecto, gran parte del éxito devocional de la imagen de San Juan de los Marrajos hay que buscarla en la utilización por Capuz de los mecanismos retóricos de la estatuaria clásica romana puestos al servicio de la imagen religiosa procesional. Como ya hemos señalado, son conocidas las influencias de la estatuaria helénica en la obra de Capuz, pero en esta ocasión el artista parece que fue más allá de lo puramente formal hasta establecer una acertada conexión entre el joven Apolo y el Apóstol de la luz. Son conocidos también los paralelismos que se han hecho entre otras representaciones de San Juan señalando el camino y el Apolo Belvedere. Pero en el caso del San Juan cartagenero de Capuz las filiaciones clásicas en cuanto a la composición parecen estar más emparentadas con la retórica propagandística de la plástica romana, evidentes en obras como el célebre Augusto de Prima Porta. La escultura procesional reinterpreta estos patrones clásicos, de eficacia sobradamente demostrada, para ponerlos al servicio de la retórica de la imagen religiosa. Si Capuz toma el modelo literal del busto clásico no es menos cierto que a él se debe, junto a las indicaciones del comitente, el acierto de componer una imagen de vestir a la manera de las solemnes esculturas antiguas dedicadas al culto imperial. En este caso, el elemento vertical representado por el imperium que Augusto sostiene en su mano izquierda es sustituido por la airosa palma, mientras aparece mucho más evidente la relación del gesto indicativo de la mano derecha. Así, si el escultor romano confería un aura divina al retrato imperial, Capuz confiere un carácter sacro a la cita pagana, en un simbolismo de ida y vuelta que otorga todo su sentido a las palabras del rector de la Caridad, Antonio Pérez Madrid, cuando en 1977 evocaba la imagen de San Juan tras el Encuentro, en la mañana del Viernes Santo, de esta manera:

«Después pasea su magnificencia entre las luces de la mañana y parece un dios vencedor con su palma de triunfo. Capuz le dio la belleza griega para su faz. Consta que hubiera sido un Apolo, el dios del sol, y fue, dichosamente para nosotros, el Apóstol de la luz.»(5)

José Francisco López Martínez – El San Juan de Capuz, una imagen procesional del siglo II – Ecos del Nazareno 2015