Santo Amor de San Juan
El grupo escultórico del “Santo Amor de San Juan en la Soledad de la Virgen” fue realizado por José Capuz en 1952, siendo la última obra que el gran artista valenciano hizo para la Semana Santa de Cartagena. Éste grupo nació con la idea del Hermano Mayor marrajo de aquel momento, de que no saliesen en procesiones diferentes la misma imagen. De ésta manera, San Juan saldría en la procesión de la madrugada, indicando el camino a la Dolorosa, y el Santo Amor en la noche del Viernes Santo. Durante ocho años se procesionó la noche del Viernes Santo, y desde 1960 en el Sábado Santo. En 1984 Juan Lorente reformó el trono que es el que se empleó hasta el año 2009, año en el que se estrenó un nuevo trono hecho ex profeso para estas imágenes por el escultor Arturo Serra.
El “Santo Amor de San Juan” representa a María y María Magdalena desconsoladas tras la perdida de Jesús, totalmente abatidas, y San Juan manteniendo la entereza, pues cree en las palabras de su amigo: “al tercer día resucitaré de entre los muertos”. Este grupo fue concebido, por tanto, para ir inmediatamente tras el Santo Sepulcro en la procesión del Santo Entierro, la Noche del Viernes Santo y junto a otras reconocidas obras de este mismo escultor como son el Jesús Nazareno, La Piedad, el Descendimiento, El Sepulcro, San Juan y la Virgen de la Soledad. La vuelta del Santo Amor de San Juan a la Procesión del Santo Entierro, el Viernes Noche, lugar donde le corresponde, es anhelo de todo sanjuanista marrajo desde hace tiempo.
La composición utilizada por Capuz tiene su vértice superior en San Juan, que aparece así revalorizado por entender que él era el titular del tercio y no podía restársele protagonismo al incluir dos figuras que pudieran distraer la atención. La jerarquización de la talla central no evita el que todas formen un grupo compacto, que luego se separaría, ya que las diversas vicisitudes por las que pasó, modificaron sensiblemente su disposición, al variarse la ubicación de las dos figuras laterales e invertir su posición. Se puede observar en la maqueta que Capuz dispuso la figura de la Virgen a la derecha de San Juan, de tal manera que los rostros femeninos se inclinan hacia los lados en posición divergente. Con esa colocación desfiló el grupo durante unos años, hasta que la figura de la Magdalena pasó a ser colocada a la derecha de San Juan – así es como hoy procesiona hoy día – con lo que las cabezas de la Virgen y de la santa mujer ya no recortan su silueta en el espacio, fuera de la imagen central, sino en la túnica del apóstol. Con ello se rompe la arquitectura de dolor ideada por Capuz – la postura de las cabezas incrementa su desolación -, se transforma una estructura de emociones intensas y se alteran unas líneas marcadas por las direcciones de cuerpos y ropajes, que se subordinaban a una composición presidida por el equilibrio formal.
Se acusan como dos técnicas contrapuestas en cada una de las imágenes para hacer precisamente más visibles los rasgos expresivos. Frente a la serena belleza clásica -otra vez volvía Capuz a sus orígenes nunca negados – de unos semblantes acabados hasta en sus últimos matices, destaca el vigor de unos paños en los que se traduce la huella de los instrumentos utilizados y la geometría de unos pliegues, cuyas hendiduras son capaces de transmitir un patetismo superior al de los rostros. Ese acusado contraste, que es el valor más importante de esta obra de Capuz, fue lo que sorprendió a la mayoría y desagradó a algunos.